AUTORA: Lic. Araceli Valdés Vega.
Siempre estuve en la creencia que la llamada clase de deportes,
ahora nombrada educación física, era una verdadera
pérdida de tiempo para los alumnos.
En primer lugar se les daban las horas de enseñanza a jóvenes
sin ninguna preparación, ya que, al igual que los egresados
de la Nacional de Maestros, los alumnos de la Escuela Nacional
de Educación Física también habían
perdido mucho tiempo por incontables huelgas y paros de labores.
A los egresados se les repartían sus horas de servicio
en dos o mas escuelas separadas a kilómetros de distancia,
por lo que llegaban a una escuela y justo a los 15 minutos faltantes
para la hora, emprendían su fugaz huida hacia la otra tratando
de cumplir con sus horarios.
En casi en la totalidad de las escuelas primarias oficiales no
existían instalaciones deportivas adecuadas; si acaso había
un pedazo de patio pavimentado donde los niños y niñas
pudieran dizque jugar voleibol, no habían canchas apropiadas
para el básquet y mucho menos para el fútbol o un
gimnasio; eso solo era visto por televisión en las escuelas
gringas.
A los alumnos no se les exigía llevar uniforme especial:
camisa o camiseta de color blanco, shorts o falda corta del mismo
color y zapatos tenis. Si deseaban comprarlos y llevarlos, bien;
pero si no podían por escasez de dinero pues ni modo; de
eso se agarraban los padres para no comprarles si no se les pegaba
su regalada gana. ¡Ay de aquel maestro de deportes o directora
que quisiera obligarlos!, porque de inmediato eran reportados
ante la jefatura de sector, ante la delegación, ante algún
periódico o una estación de radio, donde se deformaban
o magnificaban los hechos y ya los andaban suspendiendo.
Ante tanta falta de recursos los maestros de deportes llegaban
y les ponían a los alumnos a hacer algunos movimientos
de calentamiento, soltándoles una pelota, ya sea de fútbol
o de voleibol, para que corrieran como chivas locas tras de ella
y así se llevaran los 30 o 35 minutos de la famosa clase.
A nosotras como maestras de grupo nos convenía esa horita
pues nos daba oportunidad de descansar la garganta o llevar a
cabo alguna tarea administrativa: el llenado de boletas de calificación,
la elaboración de nuestro plan diario de trabajo, o lo
mas común, tomar un refrigerio.
Por todo lo anterior reflexionaba que era una lástima el
no darle a los alumnos una verdadera educación física
que los moviera, que les ayudara a adquirir mayor coordinación
corporal, o que les despertara el sentido de compañerismo,
de superación o de competencia.
Hubo un drástico cambio sobre ese pensar debido a la llegada
del maestro Ricardo a la escuela. Tendría unos 26 años
de edad: de mediana estatura, moreno claro, de sonrisa agradable
y un cuerpo varonil debido al ejercicio diario. Pero eso no era
lo importante, el maestro era energía pura, un ejemplo
de entusiasmo y vitalidad.
Tenía la obligación de impartir 10 horas a la semana
en nuestra escuela. Le solicitó a la directora juntar dos
grupos para cada sesión de 2 horas diarias y habló
con nosotros los maestros pidiéndonos diez minutos más
para atender lo mejor posible sus necesidades didácticas.
Mandó llamar a los padres a quienes convenció para
comprarles a sus hijos el uniforme, además de exponerles
algunas metas donde tendrían que intervenir directamente
los fines de semana buscando con ello una mayor integración
familiar.
Solicitó sacar a los alumnos a un parque que estaba un
poco retirado de la escuela argumentando que era necesario ya
que ahí existían instalaciones mas amplias donde
podría impartir sus clases y la directora le permitió
que solo fueran los viernes, ante el peligro de que les pudiera
ocurrir algún accidente en los trayectos.
Empezó a ganarse nuestro apoyo ya que vimos varias acciones
positivas en bien de los alumnos; una de ellas fue que hizo participar
a las mujeres en actividades que anteriormente solo eran exclusivas
para los varones y que sin embargo eran necesarias para su buen
desarrollo físico y mental. A todos los alumnos les despertó
ansias competitivas que hicieron que anduvieran emocionados por
el inigualable deseo de triunfo, tanto en sus grupos como en las
competencias que después se llevarían a cabo con
otras escuelas del sector.
Era uno de esos maestros que se dan muy de vez en vez. Se movía
por todos lados; fue a la delegación y consiguió
para la escuela redes y balones de voleibol y unos pilares de
fierro con base de llantas de auto rellenas de concreto que en
la punta tenían unas especies de aros que servían
para practicar el básquetbol; estos artefactos posteriormente
podían ser trasladados donde no estorbaran para la formación
de los grupos. En sus clases era muy estricto y aunque los chicos
se divertían no los dejaba hacer cualquier cosa, todos
sus movimientos estaban calculados hacia un fin determinado, pero
sobre todo, los obligaba a castigar a sus cuerpos para que obtuvieran
mayor confianza en si mismos.
Nos explicaba que desde esa temprana edad los niños deberían
aprender a caminar y a correr; argumentaba que el mexicano, por
su estructura física, tenía algunos problemas provocados
por la mala alimentación que los hacia o desnutridos o
los llevaba a la obesidad. Nos recriminaba a padres y maestros
de grupo el no darles orientación sobre su posición
al ponerse de pie, al estar sentados o al dormir, y que por lo
mismo, desde esa edad se desarrollaban deficiencias en la columna
vertebral que posteriormente les impediría moverse adecuadamente.
Era brusco con los alumnos, hombres y mujeres; se pasaba varias
clases corrigiéndolos hasta suponer que no olvidarían
los movimientos; les recomendaba practicar en sus casas las posiciones
correctas hasta que se formaran hábitos. A las niñas
las obligaba a ponerse en la cabeza un cuaderno o un libro y las
hacía caminar el mayor tiempo posible, todo para enderezar
sus cuerpos. A los niños, sobre todo a los de quinto y
sexto año, les ponía ejercicios para corregir las
posiciones deformadas, tanto por el desmesurado crecimiento característico
de esa edad, como por el cargado de las enormes mochilas repletas
de cuadernos y libros que muchos maestros obligaban llevar a diario,
aunque no los utilizaran, mostrando con ello una falta de planeación
en la impartición de sus clases. Los ponía a rebotar
pelotas individualmente contra el piso o contra la pared buscando
mejorar su coordinación motriz; posteriormente los hacía
volear entre dos o entre tres, hasta considerar que ya podrían
jugar con red. En el basquet los obligaba a rebotar la pelota
contra el piso, primero en un lugar fijo con una mano y luego
con las dos; luego los ponía a hacer lo mismo pero tenían
que desplazarse de un lado a otro sorteando una serie de obstáculos
para que al final practicaran los tiros a los aros.
Los alumnos primero se aburrían pero cuando empezaron a
ver las ventajas y los resultados de los ejercicios, ellos solos
se ponía a practicar pasándose horas haciéndolo,
ya que muchos de ellos solicitaron a sus padres la adecuación
de tableros, o imitación de ellos, dentro de los patios
de sus casas o en sus calles.
Pero lo que vino a convulsionar a la comunidad escolar fue la
enseñanza a los alumnos de las bases de una disciplina
deportiva que se puso de moda después de los juegos olímpicos
del 68, la caminata.
En un principio los alumnos se burlaban porque decían que
los movimientos eran afeminados ya que el cadereo, la posición
del cuerpo y el movimiento de los brazos se veían muy chistosos,
pero cuando empezaron a practicarlo vieron que no era tan fácil
como ellos lo supusieron; además de que existían
muchas reglas a seguir. El ejercicio era tan duro que los hacía
sudar a chorros por la fuerte presión que el maestro ejercía
para que los hicieran adecuadamente; eran comunes las ampollas
en las plantas de los pies y fueron varias semanas de estarle
dando duro y constante al ejercicio antes de empezar a dominar
las bases de la técnica.
El maestro tenía todo bajo su control; llevaba registros
personales de todos los alumnos: edad, sexo, estatura, peso, características
socio-económicas y familiares, distancias, tiempos realizados
y posibilidades de desarrollo.
Como a los dos meses llevó a cabo competencias en el parque
recreativo siendo un evento que lució maravilloso dado
que los alumnos y alumnas se hicieron acompañar de sus
familiares lo que hizo que la caminata se hiciera una disciplina
muy solicitada por toda la comunidad.
Ante la falta de apoyo de las autoridades deportivas de la secretaría
de educación, el maestro puso de su dinero para comprar
los trofeos y nos pidió ayuda para confeccionar listones
y medallas, las cuales hicimos con pedazos de cartón cubiertos
de papel lustre. Nos dijo sobre la importancia para quienes fueran
los ganadores puesto que probablemente nunca tendrían otra
oportunidad de conseguir un triunfo deportivo ante la falta de
seguimiento de ese tipo de actividades dentro del sistema escolar
mexicano. Hizo extensiva la invitación a las demás
escuelas del Sector y llevó a cabo competencias donde destacaron
varios muchachos a quienes citaba los sábados por la mañana
para entrenar, por lo que el grupo fue creciendo y antes de finalizar
ese año existían cerca de 30 alumnos con posibilidades
de desarrollo. Cuando lo creyó pertinente los llevó
a las instalaciones de la Ciudad Deportiva de la Magdalena Mixhuca
a observar a los jóvenes que representaban a nuestro país
en eventos internacionales y fue tanto el entusiasmo que años
mas adelante salieron de su grupo varios representantes para los
juegos nacionales y panamericanos.
Le prestó mucha atención al fútbol, deporte
que mas practicaban los varones, y aunque no existían canchas
apropiadas en el parque, él veía como pero los hacía
jugar. Argumentaba lo importante que era para los niños
practicar un deporte donde hubiera contactos corporales, tanto
para que fueran haciéndose resistentes a los golpes y aprendieran
a esquivarlos o a darlos, como para que aprendieran a trabajar
en equipo.
Le dedicó una buena parte de su tiempo a las pruebas de
atletismo; enseñó a todos los niños y niñas
el salto de longitud, siempre corrigiéndolos y llevando
su record. Para el salto de altura consiguió colchonetas
para que no se lastimaran y llevó cabo competencias de
pruebas de velocidad desde los más pequeños hasta
los del sexto grado. En esa disciplina varios niños y niñas
mostraron habilidades innatas que fueron seleccionados para formar
el grupo representativo de la escuela y a quienes el maestro entrenaba
los sábados y en periodos de descanso.
En 6 meses empezaron a hacerse comunes las competencias atléticas
ante el regocijo de los alumnos, de los padres y el maestro, aunque
para ello tuviéramos que apoyarlo confeccionando las medallas
correspondientes, para el jueceo o el tener que acudir a los eventos
los fines de semana.
Eso no fue todo. El maestro se ofreció para entrenar la
escolta, la cual siempre había dejado mucho que desear
puesto que solo se escogía a los niños y niñas
con los mejores promedios y sin ningún entrenamiento se
les ponía a desfilar todos los lunes en las ceremonias
del juramento a la bandera. El los tomó por su cuenta y
en pocas semanas se tornó en una actividad muy lucidora.
Le sugirió a la directora se hiciera un concurso donde
por medio de sus calificaciones y comportamiento los alumnos compitieran
para ser parte de las escoltas volviéndose un reto para
que, ante el interés de ingresar a ella, se apuraban en
sus obligaciones escolares.
El les daba instrucción diaria; les ponía los diferentes
pasos, movimientos y evoluciones para que salieran con calidad;
después le sugeriría a la jefa de sector se hiciera
un concurso entre las escuelas, el cual se llevó a cabo
en el centro de la delegación política y que por
supuesto nuestra escuela fue la triunfadora ese primer año.
Otra actividad que impuso fueron las tablas gimnásticas;
mandó llamar a los padres para explicarles sobre el tipo
de vestimenta y utensilios que deberían comprarles a sus
hijos; citó a los niños por las tardes y fueron
varias semanas de duro entrenamiento que rindió sus frutos
ya que en el desfile conmemorativo de la independencia, nuestra
escuela fue la mas destacada, teniendo tanto éxito que
el delegado le pidió a la directora que los enviara el
20 de noviembre al desfile que se hacía en el Zócalo.
Después de 4 años de ser maestro en la escuela,
y como era de suponer, el maestro Ricardo fue nombrado jefe de
actividades deportivas de educación secundaria y posteriormente
como director de la misma dependencia. Pensamos que su carrera
iría en asenso dado que seguido salía en las páginas
de los periódicos o en entrevistas televisivas donde exponía
sus planes al público en general. Después nos enteraríamos
que fue despedido debido a lo de siempre, la terrible “grilla”
existente dentro de la secretaría de educación.
Varios funcionarios, celosos de su éxito, lo acusaron de
todo tipo de delitos: que si era homosexual, que si era abusador
sexual de alumnas, que si se había robado varios implementos
deportivos, que si les sacaba dinero a los alumnos, etc. Fue acusado
de una serie de cosas que rayaban en lo increíble. Al enterarnos,
las maestras de la escuela y varias madres de familia nos cooperamos
y mandamos una carta abierta en un periódico donde defendíamos
el honor del maestro dando nuestro testimonio de todo lo que hizo
por los alumnos. Sin embargo el daño estaba hecho, su carrera
se vino abajo debido a las envidias despertadas. La mala política
echó abajo una carrera que mucho hubiera ayudado a la juventud
mexicana.
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